Amor & Transformación
- Hugo Rangel

- 14 feb
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En su brillante ensayo, La Llama Doble, el mexicano Octavio Paz realiza una atinada síntesis y exégesis de la conversación de Sócrates con la sacerdotisa Diotima de Mantinea. En su disertación habitan una serie de reflexiones sobre el amor, su sentido, su aspiración y su fin último.

Para Diotima, Eros era un demonio que habitaba entre los mortales y los dioses, un puente que une a aquellos que están separados. Pero el amor también resulta ser un camino, un ascenso que va del amor a un cuerpo y que concluye con la inmortalidad. Se profesa amor cuando se aspira a la hermosura en múltiples formas y cuerpos. Así entonces, “un amante puede engendrar en el alma del amado el saber, la virtud y la veneración por lo bello, lo justo y lo bueno”.

No hay amor entonces en el individualismo, puesto que el amor nace entre dos seres que se necesitan, que se asumen incompletos. No hay amor en la mentira, ya que la negación de la verdad se contrapone a la hermosura eterna a la que aspira el camino del amor descrito por Diotima. “La vida del amante de esta clase de hermosura es la más alta que puede vivirse pues en ella los ojos del entendimiento comulgan con la hermosura y el hombre procrea no imágenes ni simulacros de belleza sino realidades hermosas. Y este es el camino de la
inmortalidad.”

La aspiración al régimen de virtudes y ética que debería normar la vida publica del país y que esta descrito en múltiples textos de la Historia de México, tuvo una nueva expresión en el texto que acompaña a esta publicación y que fue escrito por el entonces precandidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador, justo en diciembre de 2011.
La idea del amor y de una república amorosa, fue atacada vorazmente por sus adversarios, quienes ridiculizaron este concepto por creerlo alejado de la realidad del país. Pero en este anhelo profundo subyacía la añeja demanda de millones de mexicanas y mexicanos por acabar con un sistema que concentraba privilegios a costa de la corrupción como método de gobierno, que privilegiaba a unos pocos, dejando como contraparte el sufrimiento y la marginación de millones.

La proclama de una república que retomara los valores superiores y las aspiraciones mas altas de la vida humana, era un verdadero acto revolucionario en aquel país desangrado y vilipendiado.
Casi tres lustros después de la publicación de los Fundamentos para una República Amorosa, resulta conveniente revisitar el documento, recuperar sus esperanzas y voltear hacia ellas para saber lo que se ha avanzado y lo que resta por andar en este camino de ascenso hacia el amor, que ya era descrito por Sócrates en El Banquete. En este sentido, la autocrítica en nuestro movimiento también resultaría un acto de amor sabiendo que, como escribiría Paz: “Los hombres aspiran a la felicidad y la quieren para siempre.

El deseo de belleza, propio del amor, es también deseo de felicidad; y no de felicidad instantánea y perecedera sino perenne. Todos los hombres padecen una carencia: sus días están contados, son mortales. La aspiración a la inmortalidad es un rasgo que une y define a todos los hombres.”





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